Cuando la fe precede al nombre
Mucho antes de que apareciera esta advocación, los documentos medievales hablan una y otra vez de Santa María de Lugo. Reyes, reinas, obispos, nobles y particulares encomiendan a ella sus vidas, sus familias y sus bienes. Todavía no invocan a la Virgen de los Ojos Grandes, pero ya acuden a María con la confianza de quien se sabe bajo la protección de una madre.
Los pergaminos conservados en el Archivo de la Catedral permiten seguir el rastro de esa devoción desde los primeros siglos medievales. Privilegios reales, donaciones, testamentos y fundaciones piadosas muestran que la presencia de María formaba parte de la vida religiosa y social de la ciudad.
Cuando esos documentos hablan de Santa María, no siempre se refieren a una imagen concreta. Hablan, sobre todo, de la Catedral, dedicada desde sus orígenes a la Asunción de la Virgen, y del especial vínculo que los lucenses mantenían con ella.
La devoción era ya una realidad viva, aunque el nombre con el que hoy la conocemos aún no existiera. Con el paso de los siglos cambiaron las imágenes, los espacios destinados a su culto y la propia fisonomía de la Catedral.
También cambió el nombre con el que el pueblo comenzó a invocarla. Pero hubo algo que permaneció inalterable: la confianza de generaciones de lucenses en María.
La advocación Virgen de los Ojos Grandes surgiría siglos después, inspirada en el rasgo más característico de la imagen actual. No dio origen a la devoción. Dio nombre a una historia que llevaba siglos escribiéndose.
Por eso, la historia de la Virgen de los Ojos Grandes no comienza con una imagen ni con una capilla. Comienza con una Catedral dedicada a Santa María y con un pueblo que, generación tras generación, encontró en la Virgen una presencia cercana.
(CC)" María José Campo López-Barcia"
El nombre llegó después. Pero la fe ya estaba allí.
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